En realidad, no estamos preparados para esto, dijo el capitán del barco. No nos hemos encontrado nunca con una ola de semejante calibre. Agarráros bien.
Y la gran ola, balanceó el barco, y lo llevó al borde del destierro, pérdida de equilibrio, vómitos y humo en medio de la cubierta. Los tripulantes, miraban estupefactos cómo el agua entraba en la cubierta y lo arrasaba todo, les mojaba los pies, y arremetía contra sus víveres y toneles. La fuerza de la naturaleza era tan gigante, que aunque a veces es hermosa, otras veces nos deja ridículos e insignificantes de intentar luchar contra ella. Así pues, el capitán, en un ataque de locura, comenzó a tomarse la guerra en serio. Y ordenó armar a los cañones, y dió la orden de disparar contra las olas. El mar.. enojado, zarandeaba al buque hasta el borde del colapso, y entonces, nuevos cañonazos, una nueva cortina de bruma, humo, fatiga, odio, rencor y sangre se extendían por la cubierta de tripulantes frenéticos y concentrados en salvar el pellejo con cierto orden.
Allí... según se levantaba la brisa de la mañana, el mar parecía azul celeste y en calma de nuevo. En le cubierta no había nadie, salvo el capitán, que medio adormilado recuperaba el sentido, y miraba a su tripulación trabajar en silencio y orden, pero no eran más que los fantasmas de los piratas caídos. El barco debe ser tripulado, siempre habrá un orden. Pues no calló, sigue en pie y necesita a sus brumetes. El capitán antes de pararse a pensar.. si él no era más que un holograma fantasmagórico más, igual que sus tripulantes, comenzó a dar giros al timón y enderezó el rumbo, y de esta forma evitó el conflicto, pues lo más importante era la disciplina, el mando, y el orden a cubierta. Porque todo el mundo sabe que hace falta la tripulación, y el barco no está hundido. El barco continúa fuerte y recio, por aquellas aguas celestes, puras, cristalinas. Y las doctrinas de los viejos navegantes no fueron a penas escuchadas por la negación de los fantasmas del caribe.
Aquellos que siguen campando, y obligándose a seguir adelante. En medio de un atasco, a las horas tempranas de la mañana, todo sigue igual, todo contempla un orden establecido, inquebrantable, sublime, dictatorial. Siembra el orden. El sonido del despertador nos envejece todos los días, pero con un criterio. El destino no se va a parar, y por la mañana sólo hay orden y concierto. Rutina y prisas, caos y mecánica al mismo tiempo. Orden, negación, ruido de motores y metro. Vagones con humo, prisas en las calles, ausencia de conversación. Hormigas madrugadoras, cielo encapotado, lunas en la noche que da a su fin. Estrellas durmiendo, brisa en la mañana, sonidos de férricos y metales pesados que mandan y mantienen la disciplina. Que nos supervisan, que nos controlan, que recrudecen las ganas de llorar. Allí están las baldosas frías de la mañana, el baho en nuestras palabras, chaquetas impecables, bufandas contra el frío, las manos quebradas del viento matutino, el café caliente quemando la garganta, zapatos incómodos pero nadie piensa... Todo sigue un orden, un control, un destino, a la comba de los metálicos sonidos de los trenes y el vagón, allí estamos en consonancia del silvato de la máquina de vapor. Un poco más y llegarás a la siguiente fase. Todo el mundo en pie, todo el mundo a salvo, todo el mundo sin parar, allí estamos grumete, después de todo caos y tempestad, no importa si estamos vivos, o muertos. Solemos mantener la jerarquía por encima de todo. Es el barco lo importante, un barco que se inventa una tripulación, la maquina y la saca de sus entrañas aunque sea a base de constelaciones fantasmagóricas y entes de ultratumba, que suben parpadeando por las cuerdas de su seno y corrigen las velas en invisibilidad perfecta. No son corpóreos siquiera, pero el mar que ahora está en calma, vaticina una tormenta. Preparar el amarre, levar las velas, subir a bordo del vagón, el silvido de la máquina del viento suena dos veces, se cierran las puertas del subterráneo, los hierros de las tiendas se corren para abrir al público, siempre hay alguien más madrugador que tu, los quioscos llevan abiertos media vida, no son ellos, no importa si son corpóreos o no, el capitalismo alumbra una nueva mañana. El mundo.. no se va a parar, los cañones están ya preparados, la pólvora seca, el café respigando por la gargánta tan caliente como el acero fundido con el que doblan los arpones, allí, en medio del todo, me encuentro solo. Pero hay algo que no me permite deprimirme. El orden... las prisas... la quemazón del café y la molestia de los zapatos calados. Todo fluye por un universo de metal hierro y piedra, carbón, azufre y pasos acelerados.
Hoy es hoy, mañana no ha llegado, y mientras todo esto ocurre alguien está en la noche, esperando al desafío, con miedo. Sin orden ni disciplina. Con ausencia de crueldad, espera a la mañana disidente, la mañana fría, con miedo y con terror, en medio del inmosnio, no consigue conciliar el sueño. No se quita de la mente esas imágenes de aglomeraciones y gritos, sudores y perfume barato. Prisas y metal, grúas, tornos, ejes, tuercas, sonidos metálicos al compás de un silvato que anuncia el cierre de unas puertas de acero. Que no concilia el sueño digo.. porque teme a que le arrase la multitud, teme a que el café no le despierte lo suficiente, no pueda llegar el próximo tren, y se quede allí, nervioso. Intentando conciliar el sueño sin éxito, indefinida... y perpétuamente, mientras imagina, que sueña con poder estar en un barco de piratas, y ser incorpóreo, una imagen espectral en medio de una cubierta, a las ordenes de su abanderado, de ojos grises y nubes, cristal, esperanto y madera en sus extremidades, postrado alli.. como si la propia esenecia del barco hubiera trepado hasta comerle los huesos. Y a sus gritos.. las prisas, el orden y el concierto, saltos entre las cuerdas de popa, el giro mareante de 360 grados a estribor, los cañones, el humo de las mañanas, un vapor que nace el mar y que asciende ennubleciendo la visión de un paraíso cristalino... Y con concierto y prisas acelerar la marcha, y cargar con cubos, pero dentro de un barco de piratas, en medio de un océano verde y cálido. Sin frio, y entre saltos de una cuerda a otra. Sin nada de metal a mi alrededor que me hable. En medio de un todo, atrapado por la nada. Sin soportar el candor y estruendo de los machaques de las mazas y los giros de los ejes al compás de una combustión de un líquido que rechina y gira piezas del motor, y se confunde con las que tengo en el cerebro. Y no soy yo, sino el que está en la cama aterrorizado. Por no saber qué le deparará el mañana. En medio de todo ese caos, ese sinsentido ojeroso y esclavizante. Cuando yo sólo quiero tener un lider de madera, con mala leche y con humor, y sin doctrinas metalizantes, que al sueño de la comparsa, caeré. Y no encontraré la forma de coger el próximo vagón, pues las puertas se me habrán cerrado. Y entre el andén y las puertas hay un agujero negro, un abismo infinito en el que caigo, y me desespero entre la noche en caida libre tensionando los músculos desde mi cama, al borde de la desesperación de pensar que no terminará nunca, y cada vez oigo más leves los sonidos metálicos y el rechinar de las piezas de los motores.. y me embarga una brisa.. una brisa cálida, con un leve mecer de algo flotante, y me veo allí mirando el horizonte del mar del caribe, mientras la luna deja reflejarse entre un mar en calma, y me parece todo.. tan precioso... que por un momento me olvido, de que el despertador tan sólo a cinco minutos está... de devolverme a los abismos. Y con tanto sueño... que no seré yo entre las calles. Sino un espectro. Un fantasma, una figura incorpórea que se deslizará con prisas por las calles húmedas de la mañana... a las órdenes de un silvato mecánico de la todopoderosa máquina de vapor.
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